natxo nuñez educador canino - perros

El miedo a los ruidos fuertes puede ser peligroso para el animal y para las personas, ya que produce reacciones desmesuradas ante un estímulo. El educador canino Natxo Núñez consigue resultados rápidos y eficaces

Nos sucede también a los humanos: a veces, ante una situación de peligro extremo, el cerebro experimenta lo que se conoce como el secuestro de la amígdala: se produce una reacción totalmente desmedida junto con una ausencia de control emocional. En los animales, es cuestión de supervivencia: si se sienten amenazados, simplemente saldrán corriendo sin rumbo, se esconderán o, incluso, reaccionarán de forma agresiva contra sus propios dueños.

Esto les ocurre a muchos animales cuando se exponen a ruidos fuertes. Quienes lo padecen con sus mascotas saben lo estresante que puede llegar a ser una noche de tormenta o las Navidades, con los petardos de Nochevieja, por ejemplo. Al oírlos,

«El secuestro de la amígdala es una respuesta automática de la mente. Ante el ruido, la amígdala deja de tener comunicación con el hipocampo, donde estarían los recuerdos del perro.

Trabajar esa comunicación es la manera de reducir esas reacciones desmedidas», explica el educador canino Natxo Núñez. Este experto, afincado en Husillos, ya está trabajando con animales que sufren este problema de cara a esta Navidad.

«Se trata de evitar situaciones peligrosas, como que el perro salga corriendo sin rumbo y se produzca un accidente».

Núñez distingue entre diferentes tipos de miedos que se pueden trabajar: desde los estruendos hasta el miedo a quedarse solo, a interactuar con extraños o incluso a subir y bajar escaleras.

Psicología pura y dura: el miedo aparece como una respuesta, un instinto de supervivencia. Gracias al miedo los animales sobreviven, el animal que no tiene miedo, malo.

A la hora de trabajar con el animal, es conveniente distinguir entre el miedo y la fobia. «El miedo es un instinto de supervivencia ante una situación de peligro, pero las fobias son reacciones ante circunstancias que no suponen un peligro real y que pueden producir respuestas desmesuradas».

Las razones por las que aparecen son varias: «desde la falta de socialización temprana, el haber vivido experiencias negativas anteriormente o, incluso, la genética del perro, ya que los miedos a veces son instintos heredados de los padres».

El problema es que los dueños, a menudo, por querer calmar al animal están reforzando su conducta. «Al cogerles o acariciarles, ellos pueden interpretar que les estamos premiando estar en ese estado de alteración. Saber cómo nos comunicamos con ellos es importantísimo».

En todo caso, el educador canino enseña a la familia a trabajar con el animal en establecer esa comunicación entre la amígdala y el hipotálamo para que reducir esa respuesta exagerada.

«Es un trabajo relativamente sencillo y con resultados rápidos si se hace bien y con constancia por parte de la familia». Una inversión positiva de cara a resolver un problema para el perro, pero también para sus convivientes e incluso vecinos que sufren sus ladridos, por ejemplo.

En todo caso, Natxo Núñez recuerda que existen algunos trucos para minimizar el miedo a los ruidos: «puede ser útil ponerles tapones de algodón en los oídos. Y siempre, llevarles a un lugar donde no puedan correr peligro o salir despavoridos sin control», lo que puede poner en riesgo su vida o provocar un accidente.

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