Con la velocidad de los acontecimientos y la lluvia de noticias diarias, hablar del pasado eclipse ya parece una noticia vieja, hablar más de lo mismo. Pero, queridos lectores, no puedo perder la oportunidad de contaros cómo fue vivir algo tan absolutamente único desde nuestra Palencia.
Y no estoy hablando solamente de aquel momento mágico, del abrazo entre el sol y la luna. No estoy hablando solamente de aquel anillo de diamantes con el que la luna ha propuesto matrimonio al sol y que todos hemos presenciado —como auténticos voyeurs— durante poco más de un minuto de un poético encuentro entre los dos.
Estoy hablando de cómo se ha visto aquella semana desde la perspectiva de la puerta oficial de entrada de los turistas a esta capital y provincia: la Oficina de Turismo.
Tenía que contároslo, aunque sé que jamás conseguiré transmitir totalmente lo que nos pasó a mi compañera Ana Santoyo y a mí, que éramos quienes estábamos trabajando allí durante aquella eclipsada semana.
Hemos tenido en la oficina, en un intervalo de tres días, ¡turistas de más de 40 nacionalidades distintas! No estoy exagerando ni es un número simbólico. Recuerdo que, solo entre el día anterior al eclipse y el siguiente, llegamos a los 38 países representados. Me acuerdo de que la mañana en que comenzó el maratón eclipsado dijimos: «¡Guau! ¡En una mañana, 24 países!». Y aquella misma tarde ya eran 30. Y más, y más, y más. Miles de personas. Gente que venía por y para el eclipse y que aprovechaba para conocer la ciudad y la provincia. Contando con los dos días siguientes, pasamos de los 40 países.
¿Sabéis cuándo había pasado algo parecido por aquí? ¡NUNCA!
En nuestra querida oficina de todos los días, donde, por supuesto, siempre tenemos mucha presencia extranjera —en su mayoría del Reino Unido, Francia, Países Bajos, Bélgica, Alemania, Portugal, Estados Unidos…—, aquellos días se escuchaban acentos de lo más variados que podáis imaginar. Gente de la India, República Checa, Corea, Estonia, Lituania, Japón, China, Cuba, Luxemburgo, Andorra, Uruguay, Chile, Australia, Nueva Zelanda… Todas las razas, todos los colores, todas las sonrisas. Un perfil de turista interesantísimo. Os podemos garantizar que, de forma general, era gente muy maja, de alma bonita, que llegaba para sumar, mientras miraba al sol en nuestra compañía.
Mi compañera y yo, trabajando con todo el amor que podíamos. El día anterior al gran evento teníamos que cerrar la oficina a las 19:30 h y lo hicimos a las 22:15 h. Teníamos la casa llena y absolutamente internacionalizada, todos a la vez, como si fuéramos un destino tipo Madrid, Barcelona o Sevilla. Quizá no sea exactamente lo que deseamos para nuestra Palencia a diario, porque ya sabemos los males que puede aportar a un destino la masificación. Pero vivirlo por dos o tres días fue una experiencia inédita y muy especial. Esa misma noche salimos de la oficina las dos agotadas y casi sin voz, y fuimos a tomar un vino para celebrar el día tan sumamente único que habíamos disfrutado juntas. ¿Y a quién nos encontramos? ¡A una familia de turistas de Toledo! Y seguimos vendiendo Palencia.
No, no somos workaholics. Estábamos tan solo aprovechando una preciosa oportunidad. Y es sobre eso de lo que va esta columna de septiembre. Contaros que nuestra Palencia, ciudad y provincia, HA SABIDO APROVECHAR LA OPORTUNIDAD. Hemos ofrecido espacios únicos para la contemplación del eclipse con estructura. En la capital, que es la que he vivido yo, era algo de cine: un espacio inmenso en nuestro mar de campos, al lado del Cristo del Otero, bajo una luz mágica.
El espectáculo principal, está más que claro, estaba en el cielo: el eclipse. Pero allí, en el espacio preparado, había de todo para optimizar nuestra experiencia: música de la mejor, foodtrucks con comida y bebidas frescas, un espacio único de naturaleza con sillas para quien no hubiera llevado su mantita o similar, gafas especiales para que todos pudiéramos mirar al sol directamente y registrar esta experiencia en la mente, no en los ojos. O sea: fantástico, fantástico, fantástico.
Mi orgullo era ver allí a mis turistas de los cuatro rincones del mundo disfrutando, comentando, unos llorando… Era una emoción absolutamente colectiva. Hemos vivido a lo grande, a lo inmenso.
¿Lo mejor? Saber que por toda la provincia se vivió algo así de grande. Pueblos como Becerril de Campos, Paredes de Nava, Osorno, Frómista, Magaz, Torremormojón, Velilla, Orbó…
Lo que siento ahora mismo, sinceramente, es gratitud. A todos y a cada uno de los que se preocuparon de preparar una estructura al nivel del evento que viviríamos. No bastaba con mirar al cielo. Hemos preparado todo para recibir a nuestros visitantes. También a la hostelería, bares, restaurantes… a los compañeros de los hoteles, hostales, casas rurales. Servicios de protección civil, sanitarios, bomberos, policías…
Nos hemos puesto las pilas. Todos.
Hemos vendido Palencia con orgullo. Y lo que vendíamos en la oficina se cumplía por las calles.
Hemos recibido (y seguimos recibiendo) la enhorabuena para todos los palentinos por estos espacios increíbles. La gente ha venido. Nos ha conocido. Ha salido emocionada y… enamorada de esta provincia.
El cielo nos ha elegido. Y miles de personas también. Hemos sabido vender Palencia fuera. Han venido. Y aquí, lo hemos hecho realidad. Y entre todos.
¡QUÉ ORGULLO!





