
Bajo el Puente de Hierro. Donde la estructura descansa sus brazos atornillados en los pilares de piedra desde hace más de cien años. Justo ahí anidan dos oquedades. O repisas, o barras de bar… según el momento y el operativo que concierne a su alrededor.
El lugar es apropiado para el encuentro. Al cobijo de la lluvia y del sol, la carpa metálica ofrece resguardo para reunirse, para quedar. Y, cómo no, para tomarse unas birras, o echar un pitillo. Junto al río y los árboles de la ribera. Faltan si acaso unos bancos para que la felicidad sea total. Pero, ¿qué hay de nuestras dos oquedades? Pues que sin comerlo ni beberlo se atragantan con desperdicios varios. Botellas, latas, papeles, bolsas… restos de una civilización avanzada, sin duda.
Imagino que los operarios del servicio de limpieza estén hartos de encontrarse ese panorama a diario. Es lamentable que los espacios urbanos sean utilizados como vertederos. Obviamente, cada jornada es necesario limpiar los que unos cuantos desahogados ensucian sin darle más importancia al asunto. Muchas veces son jóvenes en esparcimiento hormonal y con ganas de diversión a cuenta de que otros recojan sus residuos. Y todos hemos sido jóvenes, pero no recuerdo haber dejado con mi panda el sitio sin adecentar tras una “merienda” a deshoras.
También es verdad que en no pocas ocasiones son algo más talluditos los que se afanan por dar la lata cervecera allí por donde campan. O sea, que nada de esto tiene que ver con la edad, sino más bien con el respeto y la educación. Los bajos del Puente de Hierro son un ejemplo.
Por cierto…, yo he visto cosas que vosotros no creeríais… Señoras mayores tirando al suelo del bar las peladuras de las gambas y los huesos de las aceitunas. A abuelos desenvolver el bocata del nieto a la salida del colegio y lanzar al papel de aluminio como una bola de béisbol. A señores de traje arrojar las colillas de los cigarros en las aceras, o el recibo de papel que les acaban de entregar en la tienda de la esquina. Cada quien es responsable de no ensuciar. Sin tener que llegar a escenas como las de nuestro querido Puente de Hierro.





