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Recuerdos rotos

Hasta dónde puede llegar el afán destructor de algunas personas, que además de ser “amigos de lo ajeno” encima se recrean devastando de manera salvaje la propiedad privada. Hasta dónde puede llegar la rabia, la barbarie y la sin razón, el romper por romper, el hacer daño gratuito sin causa ni razón.

Hace escasos días me armé de valor y decidí ir acompañado con mi santa madre, a dar un paseo por las inmediaciones del Colegio San Francisco Javier, que dirigían los Combonianos en Saldaña, conocido popularmente como Los Alemanes, y creedme que se me cayó el alma a los pies. Ya me habían avisado antiguos alumnos: “mete miedo”, “da pena verlo…” pues ciertamente es peor aún, ventanas reventadas y arrancadas de cuajo, todos los cristales rotos, lavabos e inodoros destruidos e incluso lanzados desde las plantas de arriba contra las uralitas de protección que cubren los pasos entre pabellones, agujeros en las paredes, todo roto, pintado e incluso quemado.

Para alguien como yo que tuve la suerte de estudiar allí cuatro años de mi adolescencia, y que la consideré mi casa, es duro, muy duro ver eso así. Hacía treinta años que no entraba por allí y me vino a la memoria, con todo lujo de detalles, lo que esos edificios y dependencias eran, todo lo que significaron para mí, tantos recuerdos y buenos momentos que no merecen terminar así.

Es una paradoja cómo un lugar en donde aprendí grandes valores, donde me empecé a forjar como persona, que me enseñó a ser más disciplinado, responsable y la importancia de aprovechar el tiempo, a ser buen compañero, a escuchar y ser oído, a compartir, a trabajar en equipo y a respetar y ser respetado, termine destruido fruto de todo lo contrario. Al recorrer los pasillos pensaba también en las imágenes que vemos a diario de los edificios asolados en Donbas y Kiev por la invasión rusa en Ucrania, fruto de otra sin razón aun mayor.

El ser humano es capaz de lo mejor y de lo peor. El mayor enemigo del ser humano es el propio ser humano. Recuerdo un gran tutor, que allí nos guió el primer año, cómo nos decía repetidamente cuando no cuidábamos las cosas debidamente, que el hombre vive gran parte de su vida de los recuerdos y, para ello, había que cuidar y respetar las cosas y los objetos. Qué razón tenía el bueno de Antonio Pérez Toscano.

Qué fueron de esas largas tardes hablando con los compañeros mientras recorríamos los enormes campos de fútbol y de baloncesto ahora destruidos, esas risas y carreras entre los jardines y el estanque ahora destrozados. Qué fue de esas ilusiones propias de críos de 10 a 14 años cuando nos sentíamos invencibles y que nos queríamos comer el mundo, esas reprimendas y, a veces, merecidos castigos que recibíamos por los padres Combonianos cuando éramos más rebeldes de lo normal y no respetábamos unas normas básicas.

Qué fue de esas noches que no nos dormíamos y nos poníamos a jugar y hablar y siempre nos pillaba el Padre Ampelio, Daniel o el Padre Mariano. Nos parecía increíble cómo siempre sabían quién era de todos los allí presentes el que estaba hablando o fuera de lugar. Años más tarde descubrimos que tenían una pequeña ventana oculta desde donde nos cuidaban en sus cuartos pero que también nos podían oír en el silencio de la noche.

Qué fue de todos los experimentos que hicimos y lo mucho que aprendimos en ese gran laboratorio junto a dos grandes profesores como D. José Miguel Adán y D. Marcos De Prado y que ahora es un amasijo de cristales y objetos rotos o desaparecidos.

Qué fue de esa gran sala de cine donde veíamos ansiosos los episodios del Equipo A o las aventuras de los lagartos invasores en la serie V y esas películas las noches del viernes y el sábado mientras disfrutábamos de las golosinas que habíamos comprado en el quiosco de los alumnos de BUP para ayudar a pagar su viaje fin de curso. Todo ahora arrasado vilmente.

Qué fue de esas complicidades que vivimos en ese gran comedor cuando nos ayudábamos los unos a los otros a terminar la comida porque no se podía dejar nada en el plato y de esos retos y pruebas que tuvimos que superar en ese gran gimnasio, ambos ahora destruidos por completo.

Todo eso os aseguro que en mi caso, nada ni nadie, lo puede ni podrá borrar o eliminar porque siempre estará en mi memoria.

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